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La inmensa lavandería al aire libre de Bombay, amenazada de cierre, emplea a 10.000 personas

 

En el centro de Bombay, muy cerca de la estación de tren de Mahalaxmi, se encuentra la mayor lavandería al aire libre de Asia. Se trata de un terreno de unas 160 hectáreas donde miles de personas lavan a mano montañas de ropa sucia que llegan de hoteles, hospitales y empresas públicas y privadas. Los lavanderos pertenecen a la casta de los dhobi, uno de los estratos más bajos en la jerarquía hindú, y trabajan de sol a sol haciendo la enorme colada por entre 130 y 150 rupias diarias (entre 2,1 y 2,4 euros).


Construido por los británicos a finales del siglo XIX, el futuro de este gigantesco lavadero es incierto, ya que las autoridades de Bombay planean edificar en la zona. "Hace seis meses llegaron los representantes municipales para informarnos de que quieren cerrar el lugar", relata Samir Malim, uno de los delegados del sindicato de lavanderos. La noticia fue recibida con preocupación por los trabajadores, "cerca de 10.000", según Malim, que viven en chabolas que han levantado en la propia lavandería, a unos metros de las pozas de agua. Cuando conocieron las intenciones del municipio, los dhobis hicieron una huelga de dos días y decidieron llevar el caso a los tribunales, alegando que la demolición del lugar supondría "el fin del sustento de muchas familias".


La lavandería funciona a plena marcha, pero las autoridades de Bombay aducen que se levanta sobre suelo público y esgrimen el argumento de la asfixiante necesidad de espacio inmobiliario en la superpoblada urbe, la segunda ciudad más cara del mundo en alquiler de oficinas solo por detrás de Londres, según un reciente informe de la consultoría CBRE. El caso está en estudio, pero los lavanderos confían en que la lentitud de la justicia india juegue esta vez a su favor, al menos para posponer el momento fatídico "dos o tres años", apunta Samir.

1.026 pozas

En la lavandería de Mahalaxmi "hay 1.026 pozas, y por cada una trabajan diez personas. Unos separan la ropa, otros la lavan, otros la escurren y la tienden; luego se recoge y se plancha. Los trabajadores hacen jornadas de trece horas por 130 rupias al día", recita de carrerilla el representante del sindicato, que parece acostumbrado a repetir a menudo esta información ante los visitantes extranjeros, cada vez más numerosos. Desde hace algunos años el dhobi ghat (en hindi, el lugar de los lavanderos) figura como atracción en las guías de los viajeros que buscan la cara más exótica de Bombay. Y de esta circunstancia ha sabido sacar partido la organización de dhobis, que desde hace unos meses cobra una entrada a los turistas que quieren explorar de cerca las bulliciosas pozas, el centro neurálgico de la enorme lavandería.


En ellas los hombres, descalzos y con el agua por encima de los tobillos, enjabonan y frotan con fuerza todo tipo de prendas, desde camisas recién salidas de los talleres textiles y destinadas a la exportación, hasta sábanas utilizadas en las literas de los trenes indios. Por el uso de cada una de las pozas, los lavanderos deben pagar al municipio 300 rupias mensuales (unos 4 euros) a modo de alquiler. Samir también trabaja lavando ropa "cuando hay que echar una mano", pero sobre todo es "empresario": ha conseguido los derechos de explotación de uno de estos cubículos y paga a diez hombres para que trabajen allí, mientras él cobra directamente del cliente. "Por una camisa cobramos 5 rupias (8 céntimos de euro), por una sábana un poco más. Es lo que nos da ventaja sobre las lavanderías modernas con lavadoras y secadoras, que son más caras", apunta, mientras señala con orgullo su lavadero, una pila de cemento de apenas un metro cuadrado.


La productividad de este gran centro de lavado es apabullante: según sus responsables, cada día se hace una colada de cerca de un millón de piezas. Este rendimiento tiene un precio: "A la larga, los productos químicos que se utilizan para lavar provocan enfermedades en la piel y en las vías respiratorias", afirma Samir.


La gran mayoría de los lavanderos proceden de zonas rurales y solo vuelven a casa dos meses al año, en la época del monzón, cuando las lluvias torrenciales que golpean Bombay hacen casi imposible trabajar al descubierto. "El salario es bajo para la ciudad, pero les permite mantener a sus familias en el campo", sostiene el delegado sindical, quien indica que él da unas rupias de más cada día a sus trabajadores para algunos "extras", en la mayoría de los casos una botella de alcohol "que les ayude a dormir". Una vida dura a la que los lavanderos, sin embargo, se aferran para salir adelante en la ciudad. "Nos han hablado de una indemnización a cambio de irnos, pero no la aceptamos. Lo único que queremos --insiste Samir-- es que este lugar siga funcionando".

 


 

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