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La higiene en la Antártida

ASPIRADORES DE SEMILLAS

Los turistas que van a la Antártida están obligados a limpiar toda la ropa y a desinfectar las botas antes de bajar desde el crucero a tierra firme. Está prohibido comer, fumar y orinar

“Cada vez que bajamos nos dan la ropa y las botas y nos obligan a pasar un aspirador por todo lo que puedas llevar encima, como bolsos o fundas de cámaras. Y vigilan que realmente lo haces”. Así resume Montse Dabán, una dermatóloga barcelonesa que visitó la Antártida a finales de febrero, los protocolos de higiene que se llevan a cabo invariablemente en cada desembarco. “Yo he viajado mucho, pero no había visto nunca una cosa tan ordenada y controlada. No se puede hacer turismo por libre”, insiste.

Más del 95% de los visitantes que val al continente glacial lo hacen a bordo de cruceros turísticos muy preparados que siguen el mismo plan: “A no ser que sea de forma excepcional, a tierra firme solo se baja con zódicas y en excursiones controladas que duran unas horas y se llevan a cabo por turnos”, explica Juan Kratzmaier, experimentado guía i cabeza de expediciones a la Antártida.

“Cuando bajamos no se puede comer ni fumar por miedo a que dejes algún residuo- prosigue Dabán-. A no ser que seas muy poco cuidadoso con tu entrono, es difícil que dejes algo”. Tanto en la salida como a la vuelta se deben colocar los zapatos en un desinfectante. “Existe toda una serie de regulaciones que especifican el tema del lavado, así como el producto con el que se deben limpiar las botas”, reitera Kratzmaier.

Lo más habitual en un descenso es realizar una caminata (por caminos marcados), ver glaciales, colonias de pingüinos o petreles y alguna base científica entre otras posibilidades. También se puede hacer cayac, pero está ya es una opción más minoritaria, como volar en avión o con velero.

Dabán considera que, a demás del control extremo, los visitantes contribuyen con el resto del cuidado del entrono. “Los turistas antárticos son gente joven y muy preocupada por el medio ambiente, que está dispuesta a dejarse todos los ahorros por ir a este lugar- afirma-. Una de las cosas más espectaculares es el silencio absoluto no tan solo en la misma Antártida, sino de los turistas, que hablan bajito para no molestar. Si de repente siente alguna cosa, es porque tienes una ballena al lado. La doctora viajó con un grupo formado mayoritariamente por canadienses y australianos, sin ningún español.

Dabán pone como ejemplo la visita a las colonias de pingüinos, una de las actividades más solicitadas. “Si un animal se pone en la ruta marcada para los turistas, no te dejan acercarte. Y a la playa, antes de subir, es obligatorio lavarse las botas para sacar el barro que se haya podido acumular de la vista a los pingüinos”.  Otro ejemplo es dormir al raso o en tiendas en tierra firme, una posibilidad para los más aventureros. “Te bajamos por la noche y te recogemos por la mañana, pero no puedes comer. Incluso orinar está prohibido”, dice Kratzmaier.

El sonido de las ballenas

El crucero de Dabán era una embarcación de medidas relativamente pequeñas, para unos 80 pasajeros, a pesar de que normalmente se trate gigantes bastante ostentosos. Las rutas habituales incluyen diferentes enclavamientos de la península Antártica y de sus islas adyacentes, pero no se puede atracar en ningún muelle porque, “sencillamente, no hay”, afirma Kratzmaier. Debido a las distancias, el 98% de los cruceros parten de Ushuaia (el resto desde Australia o desde Chile) y duran unos diez días (aunque cuatro son por el trayecto de ida y vuelta). “El control es tan intenso – insiste Kratzmaier- que los operadores turísticos han de reservar el nombre de las embarcaciones con unos cuantos meses de anticipación”.

“Más que un viaje, es una experiencia. A causa del precio elevado y que solo puede ir durante nuestro invierno es un viaje difícil de repetir, pero yo he vuelto enamorada de todo lo que allí he visto- explica Montse Dabán-. Y esto que a mí no me gusta mucho el frío”.

Fuente: el Periódico de Cataluña